¿Cuánto conocemos realmente a nuestros hijos? ¿Sabemos qué los hace reír, qué les preocupa, qué admiran de nosotros o qué necesitan cuando están tristes? Estas y otras preguntas fueron el punto de partida del Encuentro de Padres e Hijos de Terceros y Cuartos Básicos 2026, de la sede de Viña del Mar, una instancia especialmente preparada para detenerse, mirarse, escucharse y fortalecer los vínculos familiares.
Bajo el lema “Te escucho, me escuchas, crecemos juntos”, la jornada estuvo centrada en la comunicación efectiva, la escucha, la autoestima y el vínculo familiar, entendiendo que una buena comunicación no consiste únicamente en hablar, sino también en aprender a escuchar y comprender al otro antes de responder. A través de distintas dinámicas, padres e hijos tuvieron la oportunidad de descubrir cuánto saben el uno del otro, compartir aquello que valoran de su familia y expresar sentimientos, fortalezas, necesidades y aspectos que aún están aprendiendo a desarrollar.
Uno de los ejes centrales fue precisamente aprender a diferenciar a la persona de su conducta. Así, las familias reflexionaron sobre cómo una expresión como “eres desordenado” puede ser reemplazada por una observación concreta sobre una acción que es posible modificar. La invitación fue a corregir y acompañar sin etiquetar ni descalificar, protegiendo la autoestima de los niños y ayudándolos, al mismo tiempo, a asumir responsabilidades y reconocer aquellos aspectos en los que pueden seguir creciendo.
La escucha activa también tuvo un espacio fundamental. Padres e hijos experimentaron el desafío de escuchar sin interrumpir, corregir, aconsejar, mirar el teléfono o cambiar de tema, para luego intentar expresar aquello que habían comprendido. De esta experiencia surgieron cuatro sencillas acciones que pueden transformar una conversación cotidiana: miro, escucho, comprendo y respondo.
La jornada avanzó hacia actividades de mayor profundidad, como “Mi luz y mi desafío” y “Lo que veo en ti”, que permitieron reconocer talentos, fortalezas y cualidades, pero también hablar de aquello que cuesta o puede mejorar. La clave estuvo en abordar estos desafíos desde una fórmula sencilla: fortaleza + desafío + confianza, comprendiendo que equivocarse y tener aspectos por desarrollar también forma parte de crecer. Asimismo, mediante juegos y situaciones cotidianas, los participantes pudieron transformar frases que muchas veces cierran el diálogo en otras capaces de abrir espacios de encuentro, comprensión y colaboración.
Al finalizar, cada familia recibió cinco herramientas para comunicarse mejor en casa: escuchar antes de responder; hablar de la conducta y no de la persona; reconocer lo bueno; nombrar aquello que puede mejorar; y transmitir confianza.
El encuentro concluyó con una reflexión y una oración que puso en el centro el sentido más profundo de la jornada: nuestros niños no necesitan adultos perfectos, sino personas significativas que los miren, los escuchen, los acompañen y crean en ellos; y necesitan saber que pueden equivocarse, aprender y seguir creciendo sin dejar de sentirse profundamente amados. Porque cuando una familia se da el tiempo de escucharse con el corazón, no solo mejora su comunicación: se conoce mejor, fortalece sus vínculos y aprende a crecer junta.
Oramos por cada uno de los participantes, para que siempre tengan a Jesús como guía e inspiración para relacionarse bajo su ejemplo en sus hogares.






